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31/01/10

SIETE NOVIAS PARA SIETE HERMANOS




¿Habeis olvidado este magnífico baile de la película? Han pasado muchos años, pero aún se puede recordar gracias a estos medios que antaño no podíamos ni soñar.

Disfrutarlo aquellos que os traen gratos recuerdos......




MUSICA Y VIDEOS
BANDAS SONORAS DE PELICULAS

DANCING IN THE DARK -Feeed Astaire and Cyd Charisse





Para aquellos que se perdieron la oportunidad de ver esta maravillosa película, dejo uno de los principales temas centrales de la misma donde los actores ,Fred Astaire y Cyd Charisse nos deleitaron con este magnífico baile....



LA CASA DE LOS DESEOS




La nueva visitadora de la iglesia acababa de marcharse tras pasar veinte minutos en la casa. Mientras estuvo ella, la señora Ashcroft había hablado con el acento propio de una cocinera anciana, experimentada y con una buena jubilación que había vivido mucho en Londres. Por eso ahora estaba tanto más dispuesta a recuperar su forma de hablar de Sussex, que le resultaba más fácil, cuando llegó en el autobús la señora Fettley, que había recorrido cincuenta kilómetros para verla aquel agradable sábado de marzo. Eran amigas desde la infancia, pero últimamente el destino había hecho que no se pudieran ver sino de tarde en tarde.


Ambas tenían mucho que decirse, y había muchos cabos sueltos que atar desde la última vez, antes de que la señora Fettley, con su bolsa de retazos para hacer una colcha., ocupara el sofá bajo la ventana que daba al jardín y al campo de fútbol del valle de abajo.



-Casi todos se han apeado en Bush Tye para el partido de hoy -explicó-, de manera que me quedé sola la última legua y media. ¡Anda que no hay baches!



-Pero a ti no te pasa nada -dijo su anfitriona-. Por ti no pasan los años, Liz.



La señora Fettley sonrió e intentó combinar dos retazos a su gusto.



-Sí., y si no ya me habría roto la columna hace veinte años. Seguro que ni te acuerdas cuando me decían que estaba bien fuerte. ¿A que no?



La señora Ashcroft negó lentamente con la cabeza -todo lo hacía lentamente- y siguió cosiendo un forro de arpillera en un cesto de paja para herramientas adornado con cintas de algodón. La señora Fettley siguió cosiendo retazos a la luz primaveral que entraba entre los geranios del alféizar, y ambas se quedaron calladas un rato.



-¿Qué tal es esa nueva visitadora tuya? -preguntó la señora Fettley con un gesto hacia la puerta. Como era muy miope, al entrar casi se había tropezado con aquella señora.



La señora Ashcroft suspendió la gran aguja de coser el forro con un gesto tranquilo antes de pincharla.



-Salvo que no te cuenta nada de lo que pasa por ahí, no tengo nada especial contra ella.



-La nuestra, la de Keyneslade -dijo la señora Fettley- habla sin parar y es muy compasiva, pero no se para a escuchar. Dale que dale, que no la oyes más que a ella.



-Ésta no habla mucho. Yo creo que quiere hacerse de esas monjas protestantes, o algo así.



-La nuestra está casada, pero dicen que como si nada... -la señora Fettley levantó la barbilla huesuda-. ¡Dios mío! ¡Esos malditos altobuses arman un terremoto!



La casita revestida de azulejo tembló al paso de dos autobuses especiales de cuarenta plazas que se dirigían al partido de Bush Tye; detrás de ellos humeaba el autobús «del mercado» de todos los sábados. camino de la capital del condado, y de una de las tabernas abarrotadas salió un cuarto vehículo a sumarse a la procesión, impidiendo el paso de los coches que iban de excursión en sentido opuesto.



-Sigues teniendo la lengua tan larga como siempre, Liz -observó la señora Ashcroft.



-Sólo cuando estoy contigo. El resto del tiempo soy la típica agüelita: tres nietos ya.



Apuesto que ese cesto es para uno de tus nietos, ¿a que sí?



-Es para Arthur, el mayor de mi Jane.



-Pero no trabaja en ninguna parte, ¿verdad?



-No. Es para cuando van de gira.



-Tienes suerte. Mi Willie se pasa la vida pidiéndome dinero para comprar uno de esos arradios que pone la gente en el jardín para oír la música que dan de Londres y todo eso. Y encima se lo doy... ¡Si es que soy tonta!



-Y, ¿a que no te da un beso de gracias después? -la sonrisa de la señora Ashcroft parecía dirigirse a ella misma.



-Y tanto. Los chicos de ahora no se pueden comparar con los de hace cuarenta años. Muchos derechos y nada de obligaciones. ¡Y se lo aguantamos! ¡Si es que somos tontas! ¡Willie me pide tres chelines cada vez!



-Si es que se creen que el dinero crece en los árboles... -dijo la señora Ashcroft.



-Y la semana pasada -siguió la otra- mi hija va y pide un cuarto de libra de tocino al carnicero y va y le dice que se lo corte, que no va ella a molestarse en cortarlo.



-Apuesto que se lo cobró.



-Apuesto que sí. Me dijo que aquella tarde había una sesión de tresillos en la asociación de mujeres y que no iba a molestarse ella en picarlo.



-¡Mira que!



La señora Ashcroft dio los últimos toques al cesto. Apenas había terminado cuando llegó corriendo su nieto de dieciséis años, con una de las tantas muchachas que lo seguían a todas partes, recorrió el sendero del jardín preguntando a voces si ya estaba listo el cesto, lo agarró y se marchó sin dar las gracias. La señora Fettley lo contempló atentamente.



-Van de gira no sé dónde -explicó la señora Ashcroft.



-¡Ah! -dijo la otra entornando los ojos-. Apuesto a que no las deja en paz si le dan una oportunidad. Ahora que lo pienso. ¿a quién demonios me recuerda?



-Tienen que apañárselas por su cuenta... igual que nosotras a su edad -dijo la señora Ashcroft empezando a preparar el té.



-Tú sí que te las apañabas bien, Gracie -dijo la señora Fettley.



-¿De qué hablas ahora?



-No sé... Pero de repente me acuerdo de aquella mujer de Rye... no me acuerdo cómo se llamaba... Barnsley, ¿no?



-Quieres decir Batten... Polly Batten.



-Eso es... Polly Batten. Aquel día que se te echó encima con un tenedor de la paja -era cuando íbamos a la trilla en Smalldene- por quitarle el novio.



-Pero, ¿no me oíste decirle que por mí se lo podía quedar? -la señora Ashcroft tenía la sonrisa y la voz más suaves que nunca.



-Claro, y todos creíamos que te iba a clavar el tenedor en el pecho cuando se lo dijiste.



-No... Polly nunca se pasaba. Era demasiado fuguillas para llegar hasta el final.



-Pues a mí siempre me pareció -dijo la señora Fettley tras una pausa- que lo más tonto del mundo es que dos mujeres se peleen por un hombre. Es como un perro con dos amos.



-A lo mejor. Pero, ¿por qué te acuerdas ahora de todo eso, Liz?



-La cara del chico y la forma de andar. No lo había visto desde que era rapaz. A tu Jane no le vi nada así, pero este chico... este chico. ¡Pero si es como volver a ver a Jim Batten otra vez! ... ¿Eh?



-A lo mejor. Las hay que lo dicen... claro que ellas son estériles.



-¡Ah! ¡Bueno, bueno! ¡Hay que ver, hay que ver! ... Y ya hace años que murió Jim Batten...



-Veintisiete años -respondió brevemente la señora Ashcroft-. ¿Quieres servirlo tú, Liz?



La señora Fettley sirvió las tostadas con mantequilla., el pan de higos, el té hervido, amargo como el pecado., conserva casera de peras y una cola de cerdo hervida, fría, para bajar los bollos. Lo elogió todo cumplidamente.



-Sí., a mí no me gusta maltratar la panza -dijo pensativa la señora Ashcroft-. Sólo se vive una vez.



-Pero., ¿no te sientes pesada a veces? -le sugirió su invitada.



-La enfermera dice que es más fácil que me muera de una indigestión que de la pierna -comentó la señora Ashcroft. que tenía desde hace mucho tiempo una úlcera en el tobillo para la que necesitaba la asistencia constante de la enfermera del pueblo, que presumía (o dejaba que lo hicieran otros por ella) que desde su toma de posesión le había hecho ya ciento tres curas.



-¡Y con lo dispuesta que has sido siempre! Te ha venido todo demasiado pronto. Mira que te he visto empeorar -dijo la señora Fettley en tono verdaderamente afectuoso.



-A todos nos tiene que dar algo alguna vez. Entodavía me queda el corazón -fue la respuesta de la señora Ashcroft.



-Siempre has tenido un corazón que vale por tres. Da gusto recordarlo cuando va una apagándose.



-Bueno, tú también tienes cosas que recordar -contestó la señora Ashcroft.



-Y tanto. Pero no pienso demasiado en esas cosas salvo cuando estoy contigo, Gra. Para recordar no hay como las amistades.



La señora Fettley, con la boca medio abierta. se quedó mirando el calendario de colores de la tienda de comestibles. La casita volvía a retemblar al paso de los automóviles, y el campo de fútbol repleto, al otro lado del jardín, hacía casi tanto ruido como los coches, porque la gente del pueblo estaba entregada a sus diversiones del sábado.







La señora Fettley llevaba un rato hablando con gran precisión y sin interrumpirse, hasta que se secó los ojos.



-Y entonces -concluyó- me leyeron su esquela en los papeles el mes pasado. Claro que ya no era asunto mío... porque hacía tanto tiempo que no le había puesto la vista encima. Claro que no podía decir ni hacer nada. Y tampoco tengo derecho a ir a Eastbourne a ver su tumba. Llevo tiempo pensando en ir un día en el altobús, pero en casa me iban a freír a preguntas. De manera que ya no me queda ni eso para consolarme.



-¿Pero has tenido tus satisfacciones?



-¡Y tanto que sí! Los cuatro años que trabajó en el tren cerca de casa. Y los otros maquinistas le hicieron un funeral muy güeno.



-Entonces no puedes quejarte. ¿Otra taza de té?



Al ir bajando el sol, la luz y el aire habían ido cambiando, y las dos ancianas cerraron la puerta de la cocina para que no entrase el fresco. Se veía a un par de arrendajos que piaban y revoloteaban en los dos manzanos del jardín. Ahora le tocaba hablar a la señora Ashcroft, que tenía los codos puestos en la mesita del té y la pierna enferma apoyada en un taburete...



-¡Nunca lo hubiera creído! ¿Y qué dijo tu marido de todo eso? -preguntó la señora Fettley cuando cesó el relato hecho en voz grave.



-Dijo que por él podía irme donde me diera la gana. Pero como estaba en cama dije que lo cuidaría. Ya sabía él que no iba a aprovecharme mientras estuviera así de malo. Duró ocho o nueve semanas. Entonces le dio corno un ataque y se quedó varios días quieto como una piedra. Entonces un día se levanta en la cama y va y dice: «Reza para que ningún hombre te trate como me has tratado tú a mí.» Y yo digo: «¿Y tú?» Porque ya sabes tú, Liz, cómo era él con las mujeres. «Los dos», dice él, «pero yo me estoy muriendo y veo lo que te va a pasar». Se murió un domingo y lo enterramos el jueves... Y mira que lo había querido yo... antes o... no sé.



-No me lo habías dicho nunca -aventuró la señora Fettley.



-Te lo digo por lo que acabas de decirme tú. Cuando se murió escribí para decir que ya estaba libre a aquella señora Marshall de Londres... con la que empecé de pincha de cocina hace... ¡tantos anos, Dios mío! Se alegró mucho, porque ellos se estaban haciendo viejos y yo ya sabía sus mañas. ¿Te acuerdas, Liz, que de vez en cuando me ponía a servir hace años... cuando necesitábamos dinero o mi marido... no estaba en casa?



-Es verdad que pasó seis meses en la cárcel de Chichester, ¿no? -murmuró la señora Fettley-. Nunca supimos bien lo que había pasado.



-Podía haber sido más, pero el otro no murió.



-No tuvo que ver contigo, ¿verdad, Gra?



-¡No! Aquella vez fue por la mujer del otro. Y entonces, cuando se murió mi hombre, volví a ponerme a servir con los Marshall, de cocinera, a comer como los señores y a que todos me llamaran señora Ashcroft. Fue el año que te marchaste tú a Portsmouth.



-A Cosham -corrigió la señora Fettley-. Entonces estaban construyendo bastante allí. Primero se fue mi marido y alquiló un cuarto, y después me fui yo.



-Bueno, pues me pasé un año o así en Londres y fue como un suspiro, con cuatro comidas al día y una vida de lo más tranquila. Entonces, hacia el otoño, se fueron los dos de viaje, a Francia o algo así, y me dijeron que volviera yo después, porque no podían pasarse sin mí. Puse la casa en orden para la guardesa y después me vine aquí con mi hermana Bessie, con todos los meses pagados y todo el mundo contento de volver a verme.



-Eso debió ser cuando yo estaba en Cosham -dijo la señora Fettley.



-Te acordarás, Liz, que en aquellos tiempos la gente no andaba con aquellos orgullos tontos, igual que no había cines ni campeonatos de tresillos. Fueses hombre o mujer, tomabas cualquier trabajo que te dieran un chelín. ¿No es verdad? Yo estaba agotada después de Londres, y creí que el aire del campo me sentaría. Así que me quedé en Smalldene y echaba una mano cuando había que sacar las patatas tempranas o matar gallinas... Todo eso. ¡Anda. que no se hubieran reído de mí en Londres si me hubieran visto con botas de hombre y las enaguas remangadas!



-¿Y te pintó bien? -preguntó la señora Fettley.



-La verdad es que no fui allí por eso. Tú sabes tan bien corno yo que las cosas nunca pasan hasta que han pasado. El corazón no te advierte de nada cuando te va a pasar algo hasta que ya te ha pasado. No nos enteramos de las cosas hasta que ya han pasado.



-¿Quién fue?



-'Arrv Mockler -dijo la señora Ashcroft, al mismo tiempo que hacía una mueca. Le dolía la pierna enferma.



-¿'Arry? ¡El hijo de Bert Mockler! ;Y yo nunca me lo malicié!



La señora Ashcroft asintió:



-Y yo me decía, y me lo creía, que lo que pasaba era que me gustaba trabajar en el campo.



-¿Y cómo fue?



-Lo de siempre. Al principio, estupendo... y después peor que nada. Debí haberme dado cuenta, porque tuve advertencias de sobra, pero no les hice caso. Porque una vez estábamos quemando basura, justo cuando estábamos empezando a conocernos bien. Era un poco demasiado pronto para quemarla, y se lo dije. «¡No!», va y dice él, «cuanto antes acabemos con esta porquería, mejor», dice. Tenía un gesto muy duro cuando me dijo eso. Entonces me di cuenta. de que me había encontrado con un hombre de verdad, que nunca me había pasado antes. Siempre había mandado yo.



¡Sí, es verdad! O mandas tú o mandan ellos -suspiró la otra-. A mí me gustan las cosas como deben ser.



-A mí no, pero a 'Arry sí... Por entonces tenía yo que volverme a Londres. Me resultó imposible. ¡Lo juro! Conque fui y un lunes por la mañana me eché un chorro de agua hirviendo en el brazo izquierdo y en la mano. Así me podía quedar allí otros quince días.



-¿Y valió la pena? -preguntó la señora Fettley, contemplando la cicatriz blanquecina en el antebrazo arrugado de la señora Ashcroft.



Ésta asintió:



-Y después nos las arreglarnos entre los dos para que él pudiera venir a Londres a buscar trabajo en unas cocheras cerca de donde estaba yo. Y se lo dieron. Ya me encargué yo. Su madre nunca se malició nada. Él se vino a Londres y ahí vivimos los dos, a menos de un kilómetro de distancia.



-Pero le pagarías el viaje tú... -dijo la señora Fettley, convencida de ello.



La señora Ashcroft volvió a asentir:



-Para él todo me parecía poco. Era mi hombre. ¡Ay, Dios mío! ¡Lo que nos reíamos cuando salíamos de paseo por aquellas calles adoquinadas al atardecer, aunque a mí me dolían los callos con aquellas botitas! Nunca lo había pasado así de bien. ¡Nunca en mi vida! ¡Y él tampoco!



La señora Fettley echó una risita de solidaridad.



-¿Y cómo fue que acabaron? -preguntó.



-Cuando me lo devolvió todo, hasta el último penique. Entonces lo comprendí, pero no quería comprenderlo. «Has sido muy amable conmigo», va y me dice. Y yo le digo: «¡Amable! ¿Me dices eso a mí?» Pero él va y me sigue diciendo lo buena que he sido con él y que nunca en la vida lo va a olvidar. Estuve sin creérmelo dos o tres días, porque no quería creérmelo. Entonces va y me dice que no estaba contento con su trabajo en la cochera, y que los otros están abusando de él, y todas esas mentiras que cuentan los hombres cuando van a dejarla a una. Lo dejé que hablara todo lo que quisiera, sin ayudarlo ni discutirle. Cuando acabó de hablar me quité un broche que me había regalado y le digo: «Vale. No te pido nada.» Y me di la güelta y me marché a sufrir a solas. Y él no insistió. Desde entonces no vino a verme ni me escribió. Se golvió otra vez a casa con su madre.



-¿Y estuviste mucho tiempo esperando a que volviera? -preguntó implacable la señora Fettley.



-¡Y tanto!... ¡Y tanto! Cuando pasaba por las calles por las que habíamos ido juntos, me creía que hasta las piedras decían su nombre.



-Sí -dijo la señora Fettley-. Yo creo que eso hace más daño que nada en el mundo. ¿Y no pasó nada más?



-No, nada. Eso es lo más raro de todo, aunque te parezca mentira, Liz.



-Te creo. Te apuesto que a estas alturas no vas a decir una mentira.



-Y tanto... Y sufrí como no se lo deseo a mi peor enemigo. ¡Dios mío! ¡Aquella primavera fue un infierno! Primero fueron los dolores de cabeza, que nunca había tenido en toda la vida. ¡Imagínate, yo con dolores de cabeza! Pero al final los prefería. Así no podía pensar...



-Es como el dolor de muelas -comentó la señora Fettley-. Tiene que doler y doler hasta que ya no se puede soportar mas... y entonces ya no queda nada.



-A mí me quedó bastante para toda la vida. Todo pasó por la muchacha de la señora de la limpieza. Se llamaba Sophy Ellis. Era todo ojos y codos y siempre tenía hambre. Yo le daba de comer. A veces no le hacía ni caso, y desde luego ni la miraba cuando pasó lo mío con 'Arry. Pero ya sabes lo que pasa a veces con las rapazas. Me cogió un cariño loco, y todo el tiempo me hacía arrumacos, y yo no tenía coraje para echarla... Una tarde, me acuerdo que era al principio de la primavera, su madre la había mandado a ver si podía sacarnos algo de comer. Yo estaba sentada al hado de la chimenea, con el mandil puesto por la cabeza, medio loca del dolor de cabeza, cuando va y entra la Sophy. Creo que le dije que me dejara en paz. «¡Anda!» va y dice «¿No es más que eso? ¡Eso se lo quito yo en medio minuto!» Le dije que no me pusiera un dedo encima, porque creí que me iba a acariciar la frente... que a mí no me gustan esas cosas. «No la voy a tocar», va y dice, y vuelve a salir. No hacía ni diez minutos que ya se había ido cuando de pronto se me pasa el dolor de cabeza. Conque me puse a la faena. Pasa un rato y vuelve la Sophy y se sienta en mi silla, más callada que un muerto. Tenía unas ojeras asina de grandes y la cara toda consumida. Le pregunté qué le pasaba. Y va y dice: «Nada. Ahora lo tengo yo.» «Que tienes qué», digo yo. «Su dolor de cabeza», dice ella, toda ronca y apretando los labios. «Se lo he quitado.» Y yo le digo: «Bobadas; se me ha ido solo mientras tú andabas por ahí. Quédate ahí mientras te hago una taza de té.» «Eso no vale», dice ella. «Tiene que durarme lo mismo que a usted. ¿Cuánto tiempo le duran a usted los dolores de cabeza?» «No digas bobadas», le digo yo, «o mando a buscar al médico», porque parecía que tenía un ataque de anginas. «Ay, señora Ashcroft », dice ella, estirando los bracitos, «la quiero tanto». Entonces no pude decir nada. Me la senté en el halda y le hice cariños. «¿Se le ha pasado de verdad?», me dice. «Sí, le digo. «y si eres tú la que me lo has quitado, te lo agradezco de verdad». «Claro que he sido yo», dice y me pone la cabeza en la mejilla. «Yo soy la única que sabe de esas cosas.» Y entomices va y me dice que ha cambiado mi dolor de cabeza por el suyo en una Casa de los Deseos.



-¿Qué? -dijo la señora Fettley, muy extrañada.



-Una Casa de los Deseos. ¡No! Yo tampoco había oído hablar de nada por el estilo. Al principio no entendí nada, pero cuando me lo fue explicando vi que una Casa de los Deseos tenía que ser una casa deshabitá, sin naide desde hacía mucho tiempo, para que viniera alguien a habitarla. Dijo que se lo había dicho una rapaza con la que jugaba en los establos donde trabajaba 'Arry. Dijo que la chica andaba con unos que venían en una caravana a pasarse los inviernos en Londres. Gitanos, digo yo.



-¡Aaah! Los gitanos saben muchas cosas, pero yo nunca había oído hablar de una Casa de los Deseos, y eso que he oído decir... tantas cosas -dijo la señora Fettley.



-Sophy dijo que había una Casa de los Deseos en Wadloes Road, unas manzanas más allá, camino de la tienda de comestibles donde comprábamos nosotros. No había más que llamar a la puerta y echar el deseo por la raja del buzón. Le pregunté si eran las hadas. Y va y me dice: «¿Pero no sabe usted que en las Casas de los Deseos no hay hadas? No hay más que un trasgo.»



-¡Díos mío de mi vida! ¿Dónde aprendió esa palabra? -exclamó la señora Fettley, porque en Sussex los trasgos son espíritus de los muertos o, lo que es todavía peor, de los vivos.



-Me dijo que se lo había dicho la chica de la caravana. Y, la verdad, Liz, aquello me dio miedo, y como la tenía en brazos, debe haberlo sentido, y la apreté fuerte y le digo:



«Eres muy amable de haberme quitado el dolor de cabeza, pero ¿por qué no te deseaste algo muy bonito para ti?» Y va y me dice: «No dejan. En la Casa de los Deseos lo único que te dejan es desear que si a alguien le pasa algo malo se te pase a ti. Cuando madre me trata bien, le quito los dolores de cabeza, pero es la primera vez que puedo hacer algo por usted. La quiero tanto, señora Ashcroft.» Y va y sigue diciendo cosas por el estilo. Te aseguro, Liz, que de oírla hablar se me pusieron los pelos de punta. Le pregunté lo que era un trasgo y va y me dice: «No sé, pero cuando tocas el timbre oyes que viene corriendo del sótano y sube la escalera hasta la puerta. Entonces dices lo que deseas y te largas». Y yo digo: «¿El trasgo no te abre la puerta?» «¡Ni hablar!», dice ella. «No oyes más que unas risitas detrás de la puerta. Entonces dices lo que le quieres quitar a alguien al que quieres mucho y te lo pasa a ti», dice. No le pregunté nada más; la rapaza estaba demasiado cansada y tenía mucha calentura. La estuve haciendo arrumacos hasta que llegó la hora de encender el gas, y poco después se le pasó el dolor de cabeza, que debía de ser el mío, y se puso a jugar con el gato.



-¡Qué cosas! -dijo la señora Fettley-. Y, ¿le volviste a preguntar algo?



-Ella quería seguir hablando de aquello, pero yo no estaba dispuesta a hablar de esas cosas con una niña.



-Y entonces, ¿qué hicistes?



-Cuando me venían los dolores de cabeza me quedaba sentada en mi habitación, detrás de la cocina. Pero no me se olvidó.



-Claro. Y, ¿te volvió a hablar de eso?



-No. Además, no sabía nada más que lo que le había contado la gitanilla, sólo que aquel encantamiento valía. Y después -aquello fue en mayo- me pasé el verano en Londres. Fueron semanas y semana’s de mucho calor y con viento, y con las calles que apestaban a boñigas secas de caballo que el viento se llevaba de un lado para otro y se amontonaban en las aceras. Ahora ya no pasa eso. Tenía vacaciones justo antes de la recogida del lúpulo, y vine aquí a pasarlas con Bessie otra vez. Se dio cuenta que había adelgazado y que tenía ojeras.



-Y, ¿viste a 'Arry?



La señora Ashcroft asintió:



-Al cuarto... no, al quinto día. Un miércoles, fue. Yo sabía que había vuelto a trabajar a Smalldene. Le pregunté a su madre en la calle, con todo descaro. No pudo decirme mucho, porque estaba la Bessie y ya sabes lo que habla, y aquel día no paraba. Pero aquel miércoles había yo sacado a uno de los chicos de la Bessie que se me colgaba de las sayas, y cuando íbamos por la trasera de Chanter’s Tot sentí que venía él por el sendero detrás de mí y por la manera de andar sentí que había cambiado en algo. Empecé a andar más despacio y sentí que él también. Entonces me paré un rato con el crío, para hacer que se me adelantara él. Y entonces tuvo que pasarme. Y va y no me dice más que: «Buenas», y sigue su camino, tratando de hacer corno si no le pasara nada.



-¿Estaba bebido? -preguntó la señora Fettley.



-¡Ni hablar! Estaba como encogido y pálido, y le colgaba la ropa como si fuera un espantapájaros, y tenía la nuca blanca como el papel. Tuve que agarrarme para no abrir los brazos y llamarle. Pero tuve que tragar saliva hasta volver a casa y dejar a todos los críos en la cama. Y entonces, después de la cena voy y le digo a la Bessie: «¿Qué demonios le ha pasado a 'Arry Mockler?» Y la Bessie va y me dice que se ha pasado dos meses en el hospital porque se ha cortado el pie con una pala cuando estaba vaciando el estanque de Smalldene. El barro estaba infestado y se le subió la infección por toda la pierna y luego por todo el cuerpo. No llevaba más que quince días de vuelta a su trabajo de carretero en Smalldene. La Bessie me dijo que el doctor había dicho que probablemente no aguantaría las primeras heladas de noviembre, y que su madre le había dicho que no comía ni dormía bien y que dejaba la cama empapada, aunque durmiera sin mantas. Y que escupía que daba miedo por las mañanas. «Hay que ver», digo yo, «qué pena. Pero a lo mejor con la recogida del lúpulo se pone güeno», y me traigo la costura y voy y enhebro la aguja a la luz de la lámpara, sin hacer ni un gesto. Aquella noche (me había puesto a dormir en el cuarto de la colada) me la pasé llorando. Y ya sabes tú, que me has acompañado en los partos, que para que llore yo tengo que estar muy a las malas.



-Sí, pero un parto no es más que dolor -dijo la señora Fettley.



-Me desperté con el canto del gallo y me puse té frío en los ojos para que no me se notara. Y aquella tarde, cuando salía a poner unas flores en la tumba de mi hombre, para que no comentaran, me encontré con 'Arry donde está ahora el Monumento a los Caídos. Volvía de donde sus caballos, así que no podía verme. Le miro de arriba abajo y le digo: «'Arry, vente a descansar a Londres.» «No pienso», dice, «porque yo no puedo darte nada». Y yo le digo: «No te pido nada. ¡Por Dios que no te pido nada! Sólo que vengas a ver a un médico en Londres.» Y levanta los ojos cargados para mirarme y me dice: «No hay nada que hacer, Gra. No me quedan más que unos meses.» «¡Pero si tú eres mi hombre!», le digo. Y no pude decir nada más. Se me atragantaban las palabras. «Muchas gracias, Gra», dice (pero nunca me dijo que yo era su mujer), y sigue su camino y su madre, maldita sea, le estaba esperando, y cuando entró él en casa candó la puerta.



La señora Fettley alargó un brazo por encima de la mesa, como para tocar en la muñeca a la señora Ashcroft, pero ésta retiró el brazo.



-Así que seguí hasta el cementerio con mis flores y me acordé de lo que me había dicho mi marido aquella noche. Era verdad que se estaba muriendo y había pasado lo que había dicho él. Pero cuando estaba poniendo las plantas en su tumba me di cuenta que sí había algo que podía hacer yo por 'Arry. Diga lo que diga el doctor, pensé que podía intentarlo. Y fui y lo intenté. Aquella mañana llegó una cuenta de nuestra tienda de. Londres. La señora Marshall me había dejado dinero para esas cosas, claro, pero yo le dije a la Bessie que era que tenía que ir a abrir la casa. Y me fui en el tren de la tarde.



-¡Ah! Pero, ¿no te daba... no te daba miedo?



-¿Por qué? No me quedaba ya nada más que mi vergüenza y la crueldad de Dios. Ya me había quedado sin 'Arry para siempre. ¿no? Sabía que iba a seguir ardiendo hasta quedarme consumida.



-¡Pobrecita! -dijo la señora Fettley, volviendo a alargar el brazo, y esta vez la señora Ashcroft permitió que le tocara la muñeca.



-Pero me alegraba saber que por lo menos podría tratar de hacer algo por él. Y entonces fui y pagué la cuenta de la tienda y me metí el recibo en el bolso y fui a la casa de la señora Ellis, que era la que venía a hacer la limpieza, y le pedí las llaves y fui a abrir la casa. Primero me hice la cama (¡Dios mío! ¡Dormir en mi propia cama!). Después me hice una taza de té y me quedé sentada en la cocina, pensando todo el rato hasta el atardecer. Casi era de noche cuando me vestí y salí con el recibo y el bolso, haciendo como que estaba buscando unas señas. La casa era el número 14 de Waldoes Road, y era una de esas casitas con la cocina en el sótano, de esas casitas todas pegadas unas a otras con un jardincito delante y una valla, y había veinte o treinta iguales. Tenía la pintura de la puerta agrietada y hacía años que no la habían pintado. En la calle no había casi gente; sólo gatos. ¡Y qué calor! Voy a la puerta de lo más natural, subo las escaleras y voy y toco al timbre. Sonó muy fuerte, como pasa siempre en las casas vacías... Cuando dejó de sonar oí como si retirasen una silla en la cocina. Después oí unas pisadas en la escalera de la cocina, como si fuera una mujer bien fuerte en zapatillas. Iban subiendo por la escalera hasta llegar al vestíbulo... oí cómo chirriaban los escalones... y se pararon delante de la puerta. Me inclino hacia la raja del buzón y digo: «Que me caiga a mí encima todo lo que le está pasando a mi hombre, 'Arry Mockler, porque le quiero.» Y entonces, lo que fuese que estaba al otro lado de la puerta dejó escapar el aliento, como si hubiera estado un rato sin respirar para oír mejor.



-Y, ¿no te dijo nada? -preguntó la señora Fettley.



-Nada. No hizo más soltar el aliento, como si dijera: A-ah. Después golvieron a sonar las pisadas que golvían a bajar a la cocina, corno si arrastrase los pies... y sentí que golvían a arrastrar la silla.



-¿Y todo ese tiempo tú estabas en la puerta, Gra?



La señora Ashcroft asintió.



-Entonces me fui y me crucé con un hombre que va y me dice: «¿No sabía usted que esa casa estaba vacía?» «No», le digo yo. «Deben de haberme dado mal el número.» Y me golví a nuestra casa y me acosté, porque ya no podía más. Hacía tanto calor que casi no se podía dormir, y me estuve dando paseos por la habitación, y durmiendo a ratos, hasta el amanecer. Entonces me fui a la cocina a hacerme el té y me di un golpe justo encima del tobillo con una de las tenazas de la cocina que la señora Ellis había sacado de su sitio la última vez que había ido a limpiar. Y después de eso me puse a esperar hasta que los Marshall golvieran de vacaciones.



-¿Tú sola? ¿Y no te daban ya miedo las casas vacías? -preguntó horrorizada la señora Fettley.



-Güeno, la señora Ellis y Sophy empezaron a venir en cuanto que se enteraron que había vuelto yo, y entre las tres golvimos a limpiar la casa de arriba abajo. En todas las casas siempre queda algo que hacer. Y así me pasé todo el otoño y el invierno, allá en Londres.



-¿Y no pasó nada con lo que habías hecho?



La señora Ashcroft sonrió:



-No. Entonces no. En noviembre le mandé diez chelines a la Bessie.



-Siempre has sido muy generosa -interrumpió la señora Fettley.



-Y recibí lo que esperaba, con todas las demás noticias. Me decía que con la recogida del lúpulo él se había puesto estupendo. Había estado en la recogida seis semanas y ahora estaba otra vez en Smalldene, con los caballos. A mí no me importaba cómo había sido eso, con tal que estuviera bien. Pero no creas que mis diez chelines sirvieron para tranquilizarme mucho. Si 'Arry se hubiera muerto, entonces sería mío hasta el Día del Juicio. Pero 'Arry vivo, seguro que iba a liarse con alguna en cuanto pudiera. Aquello me tenía cabreada. Y cuando llegó la primavera me empezó a fastidiar otra cosa. Me había salido una especie de divieso con mucha pus en la pierna, justo encima de la bota y no se me cerraba nunca. Me daba asco mirarlo. porque yo he sido siempre de piel muy fuerte. Ya me pueden dar un hachazo, que en seguida se cierra la herida, como quien cava la tierra. Entonces la señora Marshall hizo que me viniera a ver su propio doctor. El doctor me dijo que tendría que haberle consultado mucho antes, en lugar de llevar meses vendándomelo con una media de color. Me dijo que en el trabajo me pasaba demasiado tiempo de pie, porque el divieso estaba al lado de una vena hinchada, por detrás del tobillo. Y va y me dice: «Va a tardar en quitársele tanto como tardó en ponérsele así. Ponga la pierna en alto y descánsela», dice, «y pronto se le pasará. Más vale que no cierre en seguida. Tiene usted la pierna muy fuerte, señora Ashcroft». Y va y me pone unas hilas húmedas.



-Hizo bien -dijo convencida la señora Fettley-. A las heridas que supuran se les ponen hilas húmedas. Se tragan la pus, igual que la mecha de la lámpara se traga el aceite.



-Es verdad. Y ha señora Marshall se pasaba el rato haciéndome pasar más tiempo sentada y casi se me cerró. Y después me hicieron venir con la Bessie para acabar de curarme, porque no soy de las que les gusta estar sentada cuando hay algo que hacer. Entonces era cuando golviste tú al pueblo, Liz.



-Sí. pero la verdad es que no me sospechaba nada.



-Yo no quería que sospecharas nada -sonrió la señora Ashcroft-. Vi a 'Arry dos o tres veces por la calle y estaba estupendo; había engordado y estaba curado del todo. Entonces, un día ya no le vi y su madre me dijo que uno de los caballos le había dado una coz en la cadera. Estaba en cama, con muchos dolores. Y la Bessie va y le dice a su madre que era una pena que 'Arry no estuviera casado para que su mujer se encargara de cuidarle. ¡Cómo se puso la vieja! Nos dijo que 'Arry no había mirado a una mujer en toda su vida, y que mientras ella viviera le cuidaría sin parar. Y por eso me di cuenta de que le vigilaría como un perro, y encima sin pedir ni un hueso.



La señora Fettley reía en silencio.



-Aquel día -continuó la señora Ashcroft- estuve todo el tiempo sin dormir, y vi cómo iba y venía el doctor porque creían que también le había dado en las costillas. Eso hizo que me se volviera a reventar el grano y me saliera toda la pus. Pero resultó que 'Arry no tenía nada en has costillas, y pasó bien la noche. Cuando me enteré, a la mañana siguiente, me digo: «Todavía no voy a pensar nada. No voy a descansar la pierna en toda la semana, a ver qué pasa.» Aquel día no me dolió, era más bien como si me fuera quedando sin fuerzas, y 'Arry volvió a pasar bien la noche. Entonces seguí igual, pero no me atreví a pensar nada hasta el fin de semana, que 'Arry volvió a levantarse, casi corno si nada, sin heridas por dentro ni por fuera. Casi me puse de rodillas en el lavadero cuando salió la Bessie a la calle, y digo: «Ahí te tengo, muchacho. Todo lo güeno que te pase hasta que yo me muera te vendrá de mí, aunque tú no lo sepas. ¡Dios mío, haz que viva mucho tiempo, por el bien de 'Arry!», digo. Y creo que aquello me alivió los dolores.



-¿Para siempre? -preguntó ha señora Fettley.



-Han vuelto muchas veces, pero por fuertes que fueran, yo sabía que era por él. Lo sabía. Fui y me puse a controlar los dolores, igual que se controla una cocina, hasta que aprendí a tenerlos cuando quería yo. Y aquello también era muy raro, Liz. Había .veces que el grano se encogía y se secaba. Al principio yo hacía todo lo posible para que me golviera, porque me daba miedo dejar a 'Arry demasiado tiempo solo por si le pasaba algo. Y después comprendí que aquello era porque estaba bien y así fue cómo me salvé.



-¿Cuánto tiempo? -preguntó la señora Fettley, interesadísima.



-A veces me he pasado casi un año sin que se viera más que la punta del granito. Estaba seco y chiquitísimo. Luego se volvía a inflamar, como un aviso, y me dolía. Cuando ya no podía más, porque tenía que seguir haciendo mi trabajo de Londres, ponía la pierna en una silla hasta que se aliviaba. Pero tardaba su tiempo. Entonces sabía, por aquella sensación, que a 'Arry le pasaba algo. Y le mandaba cinco chelines a la Bessie, o les mandaba algo a los niños, para enterarme de si a lo mejor es que le pasaba algo porque yo me había descuidado. ¡Y eso era! Año tras año conseguí cuidar de él, Liz, y todo lo güeno que le pasó fue gracias a mí... años y años.



-Pero, ¿de qué te valió todo eso a ti, Gra? -casi sollozó la señora Fettley-. ¿Le veías mucho?



-A veces, cuando me venía a pasar aquí las fiestas. Y cuando me vine aquí para siempre, más. Pero nunca me ha hecho caso, ni a mí ni a ninguna otra mujer, más que a su madre. ¡Cómo le vigilaba yo! Y ella también.



-¡Tantos años! -dijo la señora Fettley-. Y, ¿dónde trabaja ahora?



-Hace mucho que dejó lo de los caballos. Ahora trabaja en una de esas casas grandes de tractores, de esas que también hacen arados y algunos camiones. Me han dicho que hay veces que los lleva hasta Gales. Para las fiestas viene a ver a su madre, pero ahora hay veces que me paso semanas sin verle. ¡Me da igual! Con su trabajo, nunca se puede quedar mucho tiempo en el mismo sitio.



-Pero, es un decir, suponte que 'Arry fuera y se casara -dijo la señora Fettley. La señora Ashcroft dio un respingo entre los dientes, iguales y sin puentes.



-Nunca se me ha ocurrido eso -respondió-. Supongo que se me tendrían en cuenta todos mis dolores. ¿No, Liz?



-Es lo que debería pasar, hija. Es lo que debería pasar.



-La verdad es que a veces duele mucho. Ya verás cuando venga la enfermera. Se cree que no me he enterado de lo que es.



La señora Fettley comprendió. La naturaleza humana raras veces se permite pronunciar la palabra «cáncer».



-¿Estás totalmente segura, Gra? -pregunto.



-Ya estaba segura cuando el señor Marshall me mandó a subir a su estudio y me estuvo hablando un rato largo de que había sido una sirvienta muy fiel y les había servido mucho tiempo, pero no el suficiente para que me dieran una pensión. Pero me pasarían una cantidad semanal. Ya sabía yo lo que significaba eso... y ya hace tres anos.



-Eso no demuestra nada, Gra.



-¿Pasarle 15 chelines a la semana a una mujer que lógicamente tenía veinte años de vida por delante? ¡Claro que sí!



-¡Te equivocas, te equivocas! -insistió la señora Fettley.



-Liz, no me puedo equivocar cuando los bordes están todos dados la vuelta, como... como un cuello de camisa arrugado. Ya lo verás. Y además, yo amortajé a Dora Wickwood. A ella le había dado debajo del sobaco.



La señora Fettley se quedó pensativa un rato e inclinó la cabeza como rindiéndose.



-¿Cuánto tiempo crees que te queda a partir de ahora, hija?



-Igual que tardó en venir, tardará en irse. Pero si no te veo antes de la próxima recogida del lúpulo, ésta será nuestra despedida, Liz.



-No sé si podré venir antes, si no tengo un perrito que me guíe. Los niños no quieren molestarse. ¡Ay, Gra! Me estoy quedando ciega... ¡Me estoy quedando ciega!



-¡Ah!, ¿por eso no has hecho más que tocar y retocar la colcha todo este rato? Ya me decía yo... Pero sí que va a contar el dolor, ¿no crees, Liz? Sí que contará el dolor para que 'Arry siga... donde quiero yo. Dime que no ha sido todo para nada.



-Estoy segura... segura, hija. Tendrás tu recompensa.



-Eso es lo único que quiero... Si es que me tienen en cuenta el dolor.



-Seguro, seguro, Gra.



Llamaron a la puerta.



-Es la enfermera. Se ha adelantado -dijo la señora Ashcroft-. Ábrela.



Entró la joven a paso animado, con un bolso lleno de frasquitos tintineantes.



-Buenas tardes, señora Ashcroft saludó-. He venido un poquito más temprano que de costumbre por lo del baile de esta noche en la Institución. ¿Verdad que no le importa?



-No, no. A mí ya se me pasó la edad de bailar -dijo la señora Ashcroft, recuperando su tono de sirvienta discreta-. Aquí mi vieja amiga, la señora Fettley, me ha estado haciendo compañía.



-Espero que no la haya fatigado a usted -dijo la enfermera en tono un tanto frío.



-Todo lo contrario. Ha sido un placer. Sólo que... sólo que al final me he sentido un poco cansada.



-Claro, claro -la enfermera ya se había puesto de rodillas y tenía unas gasas en la mano-. Cuando se reúnen las señoras mayores, hablan demasiado. Ya me he dado yo cuenta.



-A lo mejor tiene usted razón -dijo la señora Fettley, poniéndose en pie-. Así que me voy.



-Pero antes, míralo -dijo la señora Ashcroft con voz apagada-. Me gustaría que lo vieras.



La señora Fettley lo miró y sintió un escalofrío. Después, se inclinó, dio un beso suave a la señora Ashcroft en la frente macilenta y otro en los ojos grises desvaídos.



-Sí que cuenta, ¿verdad? ¿El dolor? -aquellas palabras apenas si traspasaron los labios, que todavía mostraban huellas de su antigua línea.



La señora Fettley se los besó y se fue hacia ha puerta.



Rudyard Kipling



LA DEMAGOGIA BARATA DE ZAPATERO,SI NO HAY TRABAJO PARA LOS JÓVENES......

ZP recibe el "sí"del partido para atrasar la jubilación a los 67 años, aunque con dudas

  • Zapatero considera "razonable" la reforma de las pensiones planteada.
  • Sectores de Izquierda Socialista han expresado dudas por entender que puede incomodar a los sindicatos y perjudicar electoralmente al PSOE.
  • Zapatero se ha referido a su candidatura en 2012 sólo entre bromas.
AGENCIAS / VIDEO: ATLAS. 30.01.2010 - 20.57 h
El jefe del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha recibido el aval del Comité Federal del PSOE a la propuesta de reforma de las pensiones planteada por el Ejecutivo y que este sábado ha defendido ante la dirección socialista considerando que es "razonable" y asegurando que buscará el consenso.

Este ha sido el asunto central de la reunión del máximo órgano del PSOE entre Congresos, que sólo de pasada ha abordado el proceso para la instalación de un almacén temporal de residuos nucleares y que no ha dedicado ni un minuto a la posibilidad de que Zapatero vuelva a ser el candidato socialista en las elecciones generales de 2012.
Los barones socialistas y la mayoría de intervinientes en la reunión (un total de 29) han respaldado la iniciativa del GobiernoLos barones socialistas y la mayoría de intervinientes en la reunión (un total de 29) han respaldado la iniciativa del Gobierno de abrir el debate para la reforma de las pensiones, y sólo ha habido contestación por parte de los dos integrantes de Izquierda Socialista por entender que puede costar la confianza de los sindicatos y de los ciudadanos.

Pero lo que han querido dejar claro todos los que han apoyado a Zapatero es que el aumento de la edad de jubilación a los 67 años así como el resto de reformas previstas no es una imposición, sino una propuesta de partida que ahora debe ser analizada por partidos y agentes sociales.

Ante ese proceso, el presidente del Gobierno ha prometido consenso, ha destacado que ha actuado pensando en las generaciones futuras y ha recalcado que lo ha hecho por responsabilidad, ya que podría haber mirado para otro lado y dejar el problema para años venideros.
Sobre la candidatura, sólo en broma

Zapatero ha defendido asimismo el duro recorte de gasto público aprobado este viernes, ha pedido a sus compañeros de partido que tengan el "temple necesario" para explicar las decisiones de política económica adoptadas y les ha adelantado la intención de redactar una ley de participación institucional de los sindicatos.
Sólo Pedro Castro, alcalde de Getafe, ha señalado que Zapatero será el candidato en 2012Zapatero sólo ha aludido a este asunto en tono de broma y provocando la sonrisa de sus compañeros cuando ha dicho que, por responsabilidad, ha decidido afrontar la reforma de las pensiones en vez de dejar el asunto para 2020 cuando él ya no estará en la Presidencia del Gobierno.
En el transcurso de la reunión sólo el alcalde Getafe, Pedro Castro, se ha limitado a señalar que Zapatero va a ser el candidato y que la sucesión es un falso debate, mientras que el extremeño Ramón Ropero ha tomado la palabra para asegurar que el actual secretario general es el mejor candidato para las elecciones municipales, autonómicas y generales.
Apenas dos abstenciones

Ha habido escasas referencias a la instalación del Almacén Temporal Centralizado de residuos nucleares, asunto en el que Zapatero ha asegurado que se ayudará tanto a los que quieren la instalación como a los que no y ha llamado la atención ante el hecho de que quienes son favorables a la energía nuclear estén contra la instalación del ATC.

El Comité Federal del PSOE, que ha aprobado sólo con la abstención de los dos representantes de Izquierda Socialista un manifiesto en apoyo de las medidas económicas del Gobierno, ha ratificado también el nombramiento de Gaspar Zarrías como nuevo secretario de Relaciones Institucionales y Política Autonómica en sustitución de Mar Moreno.

No es una emergencia nacional


La vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Economía, Elena Salgado, ha dicho por su parte que no hay una situación de emergencia nacional, pero que las prestaciones han crecido, los ingresos han caído y hay que hacer un "plan de ajuste".

En declaraciones a la cadena Ser, la ministra ha calificado de "propuesta valiente" el plan para recortar el gasto en 50.000 millones de euros de aquí a 2013 que afecta a casi todas las partidas, salvo gasto el social, como pensiones, o las que benefician al futuro productivo como el gasto en I+D, becas y ayudas a países en desarrollo como Haití.


Salgado: las pensiones no tendrían dificultades hasta 2025 y "el Gobierno podría haber esperado"Para la ministra "estamos viendo el final de las cifras negativas del PIB" y "hay que reducir el déficit público para la seguridad de las cuentas públicas" y para cumplir con los tratados de Maastricht y de Lisboa.

Sobre las pensiones ha declarado que el sistema no tiene dificultades hasta 2025 y que el "el Gobierno podría haber esperado años", pero en su opinión "hay que tomar medidas desde ahora". Sobre esta propuesta se lleva años trabajando y se llevará al Pacto de Toledo, con "el compromiso de negociar".









AGR***

--Cando se tiene en manos de un Gobierno fantasma, inepto y derrochador, sólo se pueden producir y aceptar por los que debieran defendernos, la clase política en general y la oposición, unas normas absolutamente contradictrias precisamente para crear empleo.

No hay trabajo,no es nada nuevo. Entonces......¿A que viene aumentar la edad para la jubilación, cuando los jóvenes no pueden acceder al mundo laboral por falta de trabajo?

En otros paises que funcionan económicamente mejor que el nuestro, que para eso no hace falta correr mucho la aplicación para generar empleo es justamente la contraria.

Adelantar la edad de la jubilación con los mismos derechos, para generar más trabajo a los jovenes, de esa manera no se puede producir el efecto que aquí se expone demagógicamente cuando no tiene sentido alguno.

Pero......es que una vez más el refranero tiene sentido....

¡ España, es diferente! La hacen diferente la clase de políticos ,una gran mayoría corruptos que nos gobiernan en cada rincón de nuestra tierra. ¡Me lo llevo!......Y así vamos, "pá trás" como los cangrejos.


30/01/10

SI AMANECE - Rocío Jurado

                                                           gentileza de fotofrontera



Si amanece y ves
que estoy dormida
cállate, cállate, cállate
déjame soñar con tus caricias
y cállate, cállate, cállate.

Si amanece y ves
que estoy desnuda
cúbreme, cúbreme, cúbreme
cierra la ventana
si no hay luna
y cúbreme, cúbreme, cúbreme

Si amanece y ves
que estoy despierta
porque de tu amor
aún no estoy llena
ámame otra vez
ámame otra
con las mismas fuerzas
que la primera vez

Si amanece y ves
que estoy despierta
porque de tu amor
aún no estoy llena
ámame otra vez
ámame otra vez
con las mismas fuerzas
que la primera vez.






MUSICA Y CANCIONES

29/01/10

PACA CARMONA - Martes y Trece


ESTE VIDEO HA SIDO RETIRADO, DISCULPAS


Un divertido momento de este dúo que como tantos han desaparecido como tal , actuando en solitario.




EL BOLERO DE RAVEL SOBRE PATINES





Una importante interpretación de la danza sobre hielo por estos brillantes patinadores nos puden transporpar por unos minutos a los amantes de la música a unos momentos inolvidables.



Espero os guste.











MUSICA Y VIDEOS

BAILE

¿TE ATREVES ESPERANZA A DECIR PUBLICAMENTE EL NOMBRE DEL HIJO PUTA?

Aguirre se alegra de dar un puesto en Caja Madrid a IU en lugar de al "hijo puta".
Aguirre se alegra de dar un puesto en Caja Madrid a IU en lugar de al "hijo puta"
Fraga, Rato, Cospedal y Aguirre, este viernes, en Madrid (Efe)

Efe.- 29/01/2010 (16:49h)



A la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, le ha jugado una mala pasada un micrófono mal cerrado. Así, se ha podido saber que se alegra de haber podido dar un puesto en Caja Madrid a IU quitándoselo así "al hijo puta", sin que quede claro a quién se refiere. Aguirre ha acudido hoy a la localidad de Becerril de la Sierra, donde ha asistido a la firma de un convenio con alcaldes de la zona para promocionarla como vía turística.






Durante la firma Aguirre charlaba discretamente con su vicepresidente, Ignacio González, ignorantes ambos de que su conversación era captada por los micrófonos no cerrados y grabada por los periodistas que cubrían el acto. Aunque con fragmentos ininteligibles y diferentes sobreentendidos, la charla entre Aguirre y González versa sobre Caja Madrid, cuya asamblea general cerró este jueves más de un año de disputas con la elección de Rodrigo Rato como presidente al frente de una lista de consenso.






"Yo creo que nosotros hemos tenido la inmensa suerte de poderle dar un puesto a IU quitándoselo al hijo puta", suelta en un determinado momento Aguirre. Previamente ambos hablan del nuevo Consejo de Administración de la caja y de la comisión de control y salen varios nombres que es posible identificar.






Así, mencionan a nuevos nombres en ese Consejo, como los de Arturo Fernández, Javier López Madrid (ambos de CEIM), Carmen Cafranga (de la Fundación Pardo-Valcarcel) y Mercedes de la Merced (del PP).






También a alguno de los que han salido de ese órgano, como José Ignacio Echániz, que fue consejero de Sanidad en la época en la que Alberto Ruiz-Gallardón presidía la Comunidad. "A Echániz lo ha quitado para poner a (ininteligible). Mucha gente se quejaba de que Echániz no se ocupaba", dice Aguirre en otro momento.






La líder popular en Madrid pregunta después a su vicepresidente: "¿nosotros que arma tenemos" y, tras unas palabras que no se entienden de González, menciona a los cuatro consejeros antes citados. Ignacio González agrega: "y alguien de IU".





A lo que Aguirre replica: "Yo creo que nosotros hemos tenido la inmensa suerte de poderle dar un puesto a IU quitándoselo al hijo puta, eh".





Un año de disputas






Durante más de un año Caja Madrid ha sido objeto de fuertes polémicas hasta llegar al consenso culminado ayer en torno a Rodrigo Rato. Uno de los órganos donde la tensión fue mayor fue en el seno de la comisión de control, cuyo presidente llegó a ser Fernando Serrano en sustitución de Pablo Abejas, persona de confianza del Gobierno de Esperanza Aguirre.






Fernando Serrano, considerado afín a Alberto Ruiz-Gallardón, ha dejado ese órgano y en su lugar ha entrado en representación de IU Rubén Cruz Orive.






El principal enfrentamiento ha sido entre el Gobierno autonómico y el Ayuntamiento de Madrid, que incluso presentó un recurso judicial frente a la Ley de Cajas regional, que rebajó la representación de las corporaciones locales en la asamblea general de la entidad.






En algún momento González pareció suscitar el consenso para acceder a la presidencia de Caja Madrid en lugar de Miguel Blesa, pero su nombre no gustaba a sectores no vinculados con Aguirre.






Los más cercanos a Ruiz-Gallardón se dieron por satisfechos con Rato como candidato a primer ejecutivo de Caja Madrid, aunque el Ayuntamiento de la capital no ha mejorado su representación en la asamblea.






Las discrepancias llegaron a su máxima intensidad cuando el vicealcalde, Manuel Cobo, declaró a El País que lo que los seguidores de Aguirre hacían con Rodrigo Rato y su pretensión de dirigir Caja Madrid era "de vómito".






Eso ha llevado a la Comisión de Disciplinas y Garantías del PP a plantearse una sanción de un año sin militancia a Cobo, que aún puede alegar, por lo que no es definitiva.


AGR***

--Que eso de llamar por su nombre a quien se lo merece está muy bien Esperanza cuando así lo siente, pero mujer, un poco "más discreta", si convendría que fueras.

¿Por cierto, te atreverías a decir ahora en público en nombre de ese hijo  puta?

lo digo porque quizás muchos pudieramos saber su nombre, pero a lo mejor estamos confundidos, y mira por donde que una tiene cierta curiosidad por saber si se equivoca o no......

Otro día, recuerda que los micros, pueden estar abiertos, que no sería la primera vez que a muchos les han "pillao"....Y eso despues en política...dueleeeeeeee.....





(subir el volumen y se escucha)


ANGELINA GOMEZ RUEDA




¡¡¡QUIEREN QUE TRABAJEMOS MÁS LOS MAYORES PARA ELLOS SEGUIR DERROCHANDO!!!!


El Gobierno planteará retrasar la edad de jubilación dos años 



Este viernes se aprobará en el Consejo de Ministros y luego será tratado por los agentes sociales y en el Congreso. Los cambios comenzarán a aplicarse en 2013 de forma progresiva.
 
AGR***
 
--Decir que no tienen verguenza sería ser demasiado indulgente, pero como lo que se merecen no puede decirse por la falta de libertad sin que te censuren, lo dejo para el pensamiento de cada uno que el mio en estos momentos tiene demasiados rombos como para publicarlos.
 
¿Cómo es posible mientras ellos derrochan el dinero, se lo lidapidan en mobiliario de lujo reformas escándalosas a nuestro cargo para que ellos tengan todas sus comodidades y  nosotros tengamos que pagárlos?
 
¿Y por donde empiezan a reducir costos? ¡Como siempre, por la clase social con más dificultades para sobrevivir, los pensionistas!--¿Y que hace la oposición? ¡ CALLAR COMO LOS BORREGOS !
Y si no nos gusta......ajo y agua.

¡Hace menos de un año,decían esto......que gozamos de buena salud en la caja de la seguridad social!

¡TOMA DEL FRASCO CARRASCO ! escuchar........






 (esto solo hace unos meses.....ahora mirar el video de arriba,el principal donde dice VIDEO)

 
ANGELINA GOMEZ RUEDA

28/01/10

EL FANTASMA Y EL ENSALMADOR




Al revisar los papeles de mi respetado y apreciado amigo Francis Purcell, que hasta el día de su muerte y por espacio de casi cincuenta años desempeñó las arduas tareas propias de un párroco en el sur de Irlanda, encontré el documento que presento a continuación. Como éste había muchos, pues era coleccionista curioso y paciente de antiguas tradiciones locales, materia muy abundante en la región en la que habitaba.







Recuerdo que recoger y clasificar estas leyendas constituía un pasatiempo para él; pero no tuve noticia de que su afición por lo maravilloso y lo fantástico llegara al extremo de incitarle a dejar constancia escrita de los resultados de sus investigaciones hasta que, bajo la forma de legado universal, su testamento puso en mis manos todos sus manuscritos. Para quienes piensen que el estudio de tales temas no concuerda con el carácter y la costumbres de un cura rural, es conveniente resaltar que existía una clase de sacerdotes, los de la vieja escuela, clase casi extinta en la actualidad, de costumbres más refinadas y de gustos más literarios que los de los discípulos de Maynooth.





Tal vez haya que añadir que en el sur de Irlanda está muy extendida la superstición que ilustra el siguiente relato, a saber, que el cadáver que ha recibido sepultura más recientemente, durante la primera etapa de su estancia contrae la obligación de proporcionar agua fresca para calmar la sed abrasadora del purgatorio a los demás inquilinos del camposanto en el que se encuentra. El autor puede dar fe de un caso en el que un agricultor próspero y respetable de la zona lindante con Tipperary, apenado por la muerte de su esposa, introdujo en el féretro dos pares de abarcas, unas ligeras y otras más pesadas, las primeras para el tiempo seco y las segundas para la lluvia, con el fin de aliviar las fatigas de las inevitables expediciones que habría de acometer la difunta para buscar agua y repartirla entre las almas sedientas del purgatorio. Los enfrentamientos se tornan violentos y desesperados cuando, casualmente, dos cortejos fúnebres se aproximan al mismo tiempo al cementerio, pues cada cual se empeña en dar prioridad a su difunto para sepultarle y liberarle de la carga que recae sobre quien llega el último. No hace mucho sucedió que uno de los dos cortejos, por miedo a que su amigo difunto perdiera esa inestimable ventaja, llegó al cementerio por un atajo y, violando uno de sus prejuicios más arraigados, sus miembros lanzaron el ataúd por encima del muro para no perder tiempo entrando por la puerta. Se podrían citar numerosos ejemplos, y todos ellos pondrían de manifiesto cuán arraigada se encuentra esta superstición entre los campesinos del sur. Pero no entretendré al lector con más preliminares y procederé a presentarle el siguiente:







Extracto de los manuscritos del difunto reverendo Francis Purcell, de Drumcoolagh.







«Voy a contar la siguiente historia con todos los detalles que recuerdo y con las propias palabras del narrador. Tal vez sea necesario destacar que se trataba de un hombre, como se suele decir, bien hablado, pues durante mucho tiempo enseñó las artes y las ciencias liberales que a su juicio era conveniente que conocieran los despiertos jóvenes de su parroquia natal, circunstancia ésta que podría explicar la aparición de ciertas palabras altisonantes en el transcurso de la presente narración, más destacables por su eufonía que por la corrección con que se emplean. Sin más preámbulos, procedo a presentar ante ustedes las fantásticas aventuras de Terry Neil.







»Pues es una historia rara, y tan cierta como que yo estoy vivo, y hasta me atrevería a decir que no hay nadie en las siete parroquias que pueda contarla ni mejor ni con más claridad que yo, porque le pasó a mi padre y la he oído de su propia boca cien veces. Y no es porque fuera mi padre, pero puedo decir con orgullo que la palabra de mi padre era tan indigna de crédito como el juramento de cualquier noble del país. Tanto es así que cuando algún pobre hombre se metía en líos, siempre era él quien iba de testigo a los tribunales. Pero bueno, eso da igual. Era el hombre más honrado y más sobrio de los alrededores, aunque, eso sí, le gustaba un poco demasiado empinar el codo. No había en todo el pueblo nadie mejor dispuesto para trabajar y cavar, y era muy mañoso para la carpintería y para arreglar muebles viejos y cosas por el estilo. Y como es natural, también le dio por componer huesos, porque no había nadie como él para ajustar la pata de un taburete o de una mesa, y puedo asegurar que nunca hubo ensalmador con tantísima clientela, hombres y niños, jóvenes y viejos. No ha habido en el mundo nadie que arreglara mejor un hueso roto. Pues bien, Terry Neil, que así se llamaba mi padre, viendo que el corazón se le ponía cada día más ligero y la cartera más pesada, cogió unas tierrecitas que pertenecían al señor de Phelim, debajo del viejo castillo, un sitio bien bonito. Ya fuera de noche o de día, iban a verle pobres desgraciados de toda la región con las piernas y los brazos rotos, que no podían ni apoyar siquiera un pie en el suelo, para que les juntara los huesos.







»Todo marchaba muy bien, señoría, pero era costumbre que cuando Phelim salía al campo, unos cuantos arrendatarios suyos vigilasen el castillo, como una especie de homenaje a la vieja familia, y la verdad, era un homenaje muy desagradable para ellos, porque todo el mundo sabía que en el castillo había algo raro. Al decir de los vecinos, el abuelo de Phelim, que Dios tenga en su gloria, era un caballero de los pies a la cabeza pero le daba por pasear en mitad de la noche, igual que lo hacemos usted o yo, y que Dios quiera que sigamos haciendo, desde el día que se le reventó una vena cuando sacaba un corcho de una botella. Pero a lo que vamos: el señor se salía del cuadro en el que estaba pintado su retrato, rompía todos los vasos y botellas que se le ponían por delante y se bebía lo que tuvieran, cosa que no es de extrañar. Si por casualidad entraba alguien de la familia, volvía a subirse a su sitio con cara de inocente, como si no supiera nada de nada, el muy sinvergüenza.







»Pues bien, señoría, como iba diciendo, una vez los del castillo fueron a Dublín a pasar una o dos semanas, así que, como de costumbre, varios arrendatarios fueron a vigilar el castillo, y a la tercera noche le tocó el turno a mi padre.







»"Maldita sea" se dijo para sus adentros. "Tengo que pasar en vela toda la noche, y encima con ese espíritu vagabundo, que Dios confunda, dando la tabarra por la casa y haciendo perrerías." Pero como no había forma de librarse de aquello, hizo de tripas corazón y allá que se fue a la caída de la noche, con una botella de whisky y otra de agua bendita.







»Llovía bastante y estaba todo oscuro y tenebroso cuando llegó mi padre. Se echó un poco de agua bendita por encima y, al poco tiempo, tuvo que beberse un vaso de whisky para entrar en calor. Le abrió la puerta el viejo mayordomo, Lawrence O'Connor, que siempre se había llevado bien con mi padre. Así que al ver quién era y que mi padre le dijo que le tocaba a él vigilar en el castillo, el mayordomo se ofreció a velar con él. Estoy seguro de que a mi padre no le pareció mal. Larry le dijo:







»-Vamos a encender fuego en el salón.







»-¿No será mejor en el comedor? -contesta mi padre, porque sabía que el retrato del señor estaba en el salón.







»-No se puede encender fuego en el comedor, porque en la chimenea hay un nido de grajillas -dice Lawrence.







»-Pues entonces vamos a la cocina, porque no me parece bien que una persona como yo esté en el salón -va y dice mi padre.







»-Venga, Terry -dice Lawrence-. Si vamos a mantener la vieja costumbre, más vale hacerlo como Dios manda.







»"¡Al diablo con las costumbres!", dijo mi padre, pero para sus adentros, a ver si me entiende, porque no quería que Lawrence notara que tenía miedo.







»-Bueno, como a ti te parezca, Lawrence -dice, y bajaron a la cocina hasta que prendiera la leña en el salón, para lo que no tuvieron que esperar mucho.







»Al poco rato subieron otra vez y se sentaron cómodamente junto a la chimenea del salón y se pusieron a charlar, fumando y bebiendo a sorbitos el whisky, con un buen fuego de leña y turba para calentarse las piernas.







»Pues señor, como iba diciendo, estuvieron hablando y fumando tan a gusto hasta que Lawrence empezó a quedarse dormido, como solía pasarle con frecuencia, porque era un criado viejo acostumbrado a dormir mucho.







»-Pero hombre, ¿será posible que te estés durmiendo? -dice mi padre.







»-No digas bobadas -le contesta Larry-. Es que cierro los ojos para que no me entre el humo del tabaco, que me hace llorar. Así que no te metas donde no te llaman -le dice muy tieso (porque el hombre tenía una panza enorme, que Dios le tenga en su gloria)-, y continúa con lo que me estabas contando, que te escucho -le dice, cerrando los ojos.







»Cuando mi padre se dio cuenta de que no servía de nada hablarle, siguió con la historia de Jim Sullivan y su cabra, que es lo que estaba contando. Era una historia bien bonita, y tan entretenida que podría haber despertado a un lirón y aún más a un simple cristiano que se estaba quedando dormido. Pero, según como lo contaba mi padre, creo que jamás se ha oído nada por el estilo, porque le ponía toda el alma, como si le fuera en ello la vida, porque quería que Larry se mantuviera despierto. Pero no le sirvió de nada, porque lo invadió el sueño, y antes de que terminara de contar la historia, Larry O'Connor se puso a roncar como un condenado.







»-¡Maldita sea! -dice mi padre-. Este tipo es imposible, es capaz de dormirse en la misma habitación en la que ronda un espíritu. Que Dios nos coja confesados -dice, y fue a sacudir a Lawrence para espabilarlo, pero cayó en la cuenta de que si lo despertaba, seguramente se iría a la cama y lo dejaría completamente solo, lo que sería todavía peor.







«"En fin, no molestaré al pobre hombre" pensó mi padre. "No estaría bien interrumpirlo ahora que se ha quedado dormido. Ojalá estuviera yo igual que él."







»Así que se puso a pasear por la habitación, rezando, hasta que rompió a sudar, con perdón. Pero como no le servía de nada, se bebió lo menos medio litro de alcohol para darse ánimos.







»"Ojalá estuviera tan tranquilo como Larry" se dijo. "A lo mejor me duermo si me lo propongo."







»Y al tiempo que lo pensaba arrastró un sillón grande hasta el de Lawrence y se acomodó lo mejor que pudo.







»Pero se me olvidaba contarle una cosa muy rara. Aunque no quería hacerlo, de vez en cuando miraba al cuadro, y se dio cuenta de que los ojos del retrato lo seguían a todas partes y lo miraban fijamente y hasta le hacían guiños. Al ver aquello pensó: "Maldita sea mi suerte y el día en que se me ocurrió venir aquí. Pero nada vale lamentarse. Si tengo que morir, más vale armarse de valor."







»Pues bien, señoría, intentó tranquilizarse y hasta llegó a pensar que a lo mejor se había quedado dormido, pero lo desengañó el ruido de la tormenta, que hacía crujir las grandes ramas de los árboles y silbaba por el tiro de las chimeneas del castillo. Una vez, el viento dio tal bufido que le pareció que se iban a desmoronar los muros del castillo de lo fuerte que los sacudió. De repente se acabó la tormenta, y la noche se quedó de lo más apacible, como en pleno mes de julio. No habrían pasado más de tres minutos cuando le pareció oír un ruido sobre la repisa de la chimenea. Mi padre abrió una pizca los ojos y vio con toda claridad que el viejo señor salía del cuadro poco a poco, como si se estuviera quitando la chaqueta. Se apoyó en la repisa y puso los pies en el suelo. Y entonces, el viejo zorro, antes de seguir adelante, se paró un rato para ver si los dos hombres dormían, y cuando creyó que todo estaba en orden, estiró un brazo y agarró la botella de whisky, y se bebió por lo menos medio litro. Cuando quedó satisfecho dejó la botella en el mismo sitio de antes con todo el cuidado del mundo y se puso a pasear por la habitación, tan sobrio como si no hubiera bebido ni una gota de alcohol. Cada vez que se paraba junto a él, a mi padre se le venía un olor a azufre, y le entró un miedo espantoso, porque sabía que es azufre precisamente lo que se quema en el infierno, con perdón. Se lo había oído contar muchas veces al padre Murphy, que tenía que saber lo que pasa allí. El pobre ya ha muerto, que Dios lo tenga en su gloria. Mire usted, señoría, mi padre estuvo bastante tranquilo hasta que se le acercó el espíritu. Madre mía, le pasó tan cerca que el olor a azufre lo dejó sin respiración y le dio un ataque de tos tan fuerte que casi se cayó del sillón en que estaba.







»-¡Vaya, vaya! -dice el señor parándose a poco más de dos pasos de mi padre y volviéndose para mirarlo-. De modo que eres tú, ¿eh? ¿Qué tal te va, Terry Neil?







»-A su disposición, señoría -dice mi padre (cuando se lo permitió el susto que tenía, porque estaba más muerto que vivo)-. Me alegro de ver a su señoría.







»-Terence -dice el señor-, eres un hombre respetable (cosa que es cierta), trabajador y sobrio, un verdadero ejemplo de embriaguez para toda la parroquia.







»-Gracias, señoría -respondió mi padre, cobrando ánimos-. Usted siempre ha sido un caballero muy atento. Que Dios tenga en su gloria a su señoría.







»-¿Que Dios me tenga en su gloria? -dice el espíritu (poniéndosele la cara roja de ira)-. ¿Que Dios me tenga en su gloria? Pero ¡serás cretino y bruto! ¿Qué modales son ésos? -dice-. Yo no tengo la culpa de estar muerto, y la gente como tú no tiene que restregármelo por las narices a la primera de cambio -dice, dando una patada tan fuerte en el suelo que casi rompió la madera.







»-No soy más que un pobre hombre, tonto e ignorante -le dice mi padre.







»-Desde luego que sí -dice el señor-, pero para escuchar tus tonterías y hablar con gente como tú no me molestaría en subir hasta aquí, quiero decir en bajar -dice, y a pesar de lo pequeño que fue el error, mi padre se dio cuenta-. Escúchame bien, Terence Neil -dice-. Siempre fui un buen amo para Patrick Neil, tu abuelo.







»-Sí que es verdad -dice mi padre.







»-Y además, creo que siempre fui un caballero correcto y sensato -dice el otro.







»-Así es como yo lo llamaría, sí señor -dice mi padre (aunque era una mentira muy gorda, pero ¡a ver qué iba a hacer!).







»-Pues aunque fui tan sobrio como la mayoría de los hombres, o al menos como la mayoría de los caballeros, y aunque en algunas épocas fui un cristiano tan extravagante como el que más, y caritativo e inhumano con los pobres -va y dice-, no me encuentro muy a gusto donde vivo ahora, que sería lo suyo.







»-Sí que es una lástima -dice mi padre-. A lo mejor su señoría debería hablar con el padre Murphy...







»-Calla la boca, deslenguado -dice el señor-. No es en mi alma en lo que estoy pensando. No sé cómo te atreves a hablar de almas con un caballero. Cuando quiera arreglar eso, iré a ver a quien se ocupa de estas cosas. No es mi alma lo que me molesta -dice sentándose frente a mi padre-. Lo que tengo mal es la pierna derecha, la que me rompí en Glenvarloch el día en que maté a Barney.







«(Más adelante, mi padre se enteró de que era uno de sus caballos preferidos, que se cayó debajo de él al saltar la valla que bordea la cañada.)







»-¿No será que su señoría se siente incómodo por haberlo matado?







»-Calla la boca, estúpido -dice el señor-. Ahora te explico por qué me molesta la pierna -dice-. En el lugar en que paso la mayor parte del tiempo, a no ser los pocos ratos que me quedan para dar una vuelta por aquí, tengo que andar mucho, cosa a la que no estaba acostumbrado antes -dice-; y no me sienta nada bien, porque sabrás que a la gente con la que estoy le gusta muchísimo el agua, porque no hay nada mejor para la sed y, además, allí hace demasiado calor -dice-. Tengo la obligación de llevarles agua, aunque la verdad es que yo me quedo con muy poca. Te puedo asegurar que es una tarea complicada, porque esa gente parece estar seca y se la beben toda en cuanto la llevo. Pero lo que me lleva a mal traer es lo débil que tengo la pierna y, para abreviar, lo que quiero es que le des un par de tirones para ponerla en su sitio.







»-Pues, señoría, yo no me atrevería a hacerle una cosa así a su señoría -dice mi padre (porque no le apetecía lo más mínimo tocar al espíritu)-. Sólo lo hago con pobres hombres como yo.







»-No seas pelotillero -dice el señor-. Aquí tienes la pierna -dice, levantándola hacia mi padre-. Dale un buen tirón, porque si no lo haces, te juro por todos los poderes inmortales que no te dejaré un solo hueso sano.







»Cuando mi padre oyó aquello, comprendió que no le iba a servir de nada resistirse, así que cogió la pierna y se puso a tirar hasta que la cara se le cubrió de sudor, bendito sea Dios.







»-Tira fuerte, imbécil -dice el señor.







»-Como mande su señoría -dice mi padre.







»-Más fuerte -dice el señor.







»Y mi padre tiró con todas sus fuerzas.







»-Voy a beber un traguito para darme ánimos -dice el señor, acercando la mano a la botella y dejando caer todo el peso del cuerpo. Pero, con todo lo listo que era, metió la pata, porque cogió la otra botella . -A tu salud, Terence -dice-, y sigue tirando con todas tus fuerzas-. Levantó la botella de agua bendita, pero casi no se la había acercado a los labios cuando soltó un grito tan grande que pareció como si la habitación fuera a hacerse pedazos, y pegó tal sacudida que mi padre se quedó con la pierna en las manos. El señor dio un salto por encima de la mesa, y mi padre salió volando hasta el otro extremo de la habitación y se cayó de espaldas en el suelo. Cuando volvió en sí, el alegre sol de la mañana se colaba por las contraventanas, y él estaba tumbado de espaldas en el suelo. Tenía agarrada la pata de una silla que se había desprendido, y el viejo Larry seguía dormido como un tronco y roncando. Aquella mañana, mi padre fue a ver al padre Murphy, y desde ese día hasta el de su muerte no dejó de confesarse ni de ir a misa, y, como hablaba poco de lo que le había pasado, la gente le creía más. En cuanto al señor, o sea el espíritu, no se sabe si porque no le gustó lo que bebió o porque perdió una pierna, el caso es que nadie lo volvió a ver deambular.»









Joseph Seridan Le fanu


TIEMPOS DE SILENCIO

HISTORIAS Y RELATOS

SI YA LO DECÍA FRANCO.......

Blesa deja a Rato el camino desbrozado para una megafusión entre Caja Madrid, Caixa Galicia y CAM


El todavía presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, en rueda de prensa (Efe).
@J. Cacho - 28/01/2010 06:00h

Miguel Blesa se dispone a abandonar esta tarde la presidencia de Caja Madrid dejando a su sucesor, Rodrigo Rato, desbrozado el camino para hacer realidad una megafusión que, en principio y a falta de lo que ocurra finalmente con las cajas gallegas, incluiría a la propia Caja Madrid, Caixa Galicia y Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM). Tres cajas en tres Comunidades gobernadas por el PP, para dar luz a la que sería la primera entidad de ahorro española, por encima de La Caixa. Blesa se referirá hoy a este proyecto ante la Asamblea General de Caja Madrid en la que Rato tomará el relevo como presidente.
La entidad madrileña ha venido trabajando en este proyecto “desde el mes de junio del año pasado”, según las fuentes, y de hecho los estudios correspondientes están muy adelantados, listos para que el impulso político del ex ministro de Economía del Gobierno Aznar, con todo su predicamento dentro del Partido Popular, pueda hacerlos realidad. “Los números están hechos, de acuerdo con gallegos y valencianos, listos y en bandeja para que se sirva Rato”, asegura una fuente de la Caja madrileña conocedora de la operación.
“Y los números salen”, añade la fuente. El resultado sería una caja de ahorros con una cifra de activos cercana a los 303.000 millones de euros, de lejos la primera de España (frente a los 261.000 de La Caixa) y, más importante aún, con capacidad para convertirse en banderín de enganche para otras entidades de menor tamaño, tal que las Cajas de Ávila y de Segovia, que siempre han mostrado su interés por unirse a Caja Madrid. El Banco de España ha expresado siempre a Blesa su apoyo a una operación de este tipo, que podría aprovecharse de las ayudas del FROB.
El mayor de los interrogantes al que se enfrenta esta operación está ahora centrado en la deriva adoptada en los últimos tiempos por Caixa Galicia, que, bajo el impulso político de la Xunta que preside Núñez Feijóo, ha variado su punto de mira para centrarse ahora en una fusión con la viguesa Caixanova, lo que daría lugar a una Caja exclusivamente gallega. “Para José Luis Méndez, director general de Caixa Galicia, la operación gallega tiene un ventaja personal apreciable: el presidente de Caixanova, Fernández Gayoso, está próximo a la jubilación, por lo que nadie le discutiría el mando de la futura Caixa”.
Parece, con todo, que la operación gallega no está cerrada. Y no solo por la oposición de los gestores de Caixanova, que prefieren otro tipo de solución de futuro, sino por la oposición del Banco de España, contrario a la misma, y por la propia disposición del Gobierno central a recurrir ante el Constitucional la reciente Ley de Cajas gallega, amén de la oposición social en Vigo. “Va a ser interesante ver si el hombre de Rajoy en Caja Madrid consigue torcerle el brazo a Feijóo”, asegura con su carga de ironía un prohombre del PP.
Rato se reúne con Matías Amat e Ildefonso Sánchez
De momento, Rodrigo Rato se ha mostrado muy activo en los últimos días moviéndose en los distintos frentes a los que tendrá que  atender en su condición de nuevo presidente. Así, ha mantenido entrevistas con los dos principales ejecutivos de Caja Madrid, Matías Amat e Ildefonso Sánchez, responsable del área de banca de Negocios y director general financiero y de Medios, respectivamente. En el alero está la decisión a adoptar sobre el hombre que será su número dos y primer ejecutivo de la Caja.
“Pero sobre todo Rato se ha mostrado muy interesado en las fusiones posibles a emprender por Caja Madrid”, aseguran las fuentes. El político sabe que cuenta con el respaldo del Banco de España –muy enfadado con Méndez-,  a la citada operación tripartita, “porque daría como resultante una entidad que, hechos los saneamientos precisos, se convertiría en una máquina de ganar dinero”, añaden las fuentes. Mañana mismo, viernes, Rato tiene previsto reunirse por  primera vez y de forma oficial con el Comité de Dirección de la Caja madrileña.
En el caso de que la fusión solo pudiera llevarse a cabo con la CAM, la entidad resultante contaría con activos de 256.000 millones de euros, casi pisándole los talones a La Caixa. CAM, la única que ha emitido cuotas participativas, tiene 1.114 oficinas, de las que 485 (un 43,5%) están en la región, con  7.416 empleados (6,6 por oficina). Su cuota de mercado es del 11,6%, frente al 15,6% de Bancaja. Caixa Galicia, por su parte, cuenta con 833 oficinas, de las que 463 (52,4%) están en Galicia, y una plantilla de 4.772 empleados (5,4 por oficina). Su cuota de mercado es del 18,8%, frente al 16,8% de Caixa Nova.
AGR***
--"Cuanto menos sepan los españoles, más felices serán".

No sé muy bien si con estas palabras exactas pero si del significado de las mismas, la ignorancia cuanto menos no te permite ver el más allá de esta noticia que no sorprende. ¿Cuanto se llevan por el camino cada uno de los responsables de las operaciones?

Mejor no conocerlas porque nos cogería el pataleo a los que si preferimos saberlas  y una no está muy por la labor que le dé un berrinche. Sólo puedo decir, que los españoles, no van a ser los beneficiarios de todos estos entrecijos y bailes de millones que están aportando en cada lugar para que la fusión sea un éxito.

¿De donde sacan el dinero para pagar las fusiones? Por ejemplo se dice que la Xunta se ha gastado más de un millón de euros, sólo para la auditoría de esta fusión.......

¿No os parece demasiado dinero por una auditoría? Y así nos vá.........











ANGELINA GOMEZ RUEDA





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